La base de toda sociedad son los
valores que se siembran en la infancia y se desarrollan en la persona a medida
que se convierte en adulto/a. Que los niños y niñas crezcan con unos valores de
no discriminar por razones de orientación o identidad sexual, raza, religión,
estatus social, discapacidad... es esencial para formar personas íntegras.
Nadie es superior o inferior a nadie por el hecho de ser diferente. La
diferencia nos hace únicos/as como seres humanos y eso ya por sí mismo es un
valor impagable.
De hecho los grupos compuestos
por miembros diversos en los cuales se realizan diferentes tipos de
aportaciones, enriquecen a todos/as los/las componentes, ampliando sus
visiones, pudiendo abarcar más, con esta mentalidad globalizadora que nos acoge
a todos/as pero señala nuestras diferencias como valor positivo.
Por todo ello, es importante que
desde los primeros años, niños y niñas desarrollen una actitud reflexiva sobre
lo que piensan y sienten acerca de sí mismo/a y de los/las otros/as; también es
fundamental que conozcan sus derechos, clarifiquen sus valores, identifiquen
cuáles son sus prejuicios, acepten las diferencias y logren asumir actitudes de
mediación en la solución de conflictos.
La educación en valores debe ser
un proceso sistémico, interdisciplinario y constante, que involucre a todos/as.
Es importante reconocer que somos seres en continuo proceso de cambio y aunque
a veces, las circunstancias que vivimos no se pueden controlar o modificar, al
menos podemos cambiar nuestra actitud y a nosotros/as mismos/as, así como
elegir aquellas acciones basadas en valores y principios que mejoren nuestra
relación con el entorno.
